Adasec Colombia

butterfly-2049567_1920

La Conexión Espiritual con los Reinos de la Naturaleza

Mucho de lo que hoy sabemos de la Madre Tierra lo heredamos de nuestros ancestros y de las diferentes culturas.

En estos tiempos de confinamiento urge profundizar nuestro contacto con los mundos sutiles, activando la conciencia a una nueva realidad espiritual que nos rodea, envuelve y acompaña, aprovechando las oportunidades de crecimiento que hoy se nos presentan claramente ante los ojos de nuestra alma. Las jerarquías espirituales, los seres iluminados, nos nutren con su presencia cuando les invocamos a través de distintas técnicas y trabajos internos, nos brindan su amor incondicional, nos sanan, protegen y amparan en situaciones de peligro.

Hoy podemos dar testimonio que las Divinas Jerarquías del cosmos infinito, están siempre dispuestas a colaborar con los seres vivientes y sintientes de nuestro amado planeta tierra.

El viento, el fuego, la lluvia, el mar, los bosques, etc., cada elemento de la tierra, posee un Deva que trabaja en un propósito único y en armonía con todo.

El Reino Dévico, lo conforman jerarquías de una línea evolutiva paralela a la humana, que mantienen una estrecha unión con las fuerzas de la naturaleza y que trabajan, construyendo en mundos etéricos, la base de lo que existe en los planos del mundo manifestado. Viven fuera del concepto del tiempo, en el eterno presente, desempeñando tareas que reciben directamente de la fuente. Son transformadores y constructores de toda manifestación de vida, de los patrones arquetípicos que sostienen esta realidad, y hoy, trabajan en la transición de la vida sobre el planeta tierra.

El viento, el fuego, la lluvia, el mar, los bosques, etc., cada elemento de la tierra, posee un Deva que trabaja en un propósito único y en armonía
con todo. En el plano físico, los árboles purifican el aire que respiramos, humedecen la atmósfera, dan sombra, abrigo, alimento, medicinas, albergan en su interior infinidad de seres de todo tipo (aves, insectos, reptiles, roedores, monos, hongos, bacterias, musgos, otras plantas, etc.). Además regeneran los suelos, los nutren entregando elementos que procesan en su interior a través de sus raíces favoreciendo la absorción del agua.

Su sombra protege el suelo del recalentamiento directo del sol, evitando su endurecimiento y la posterior desertificación del mismo. En los planos sutiles, los árboles nos protegen con su aura y su energía; en los jardines de las casas y en los parques se convierten en verdaderos “guardianes”.

Existe en ellos una calma que nos tranquiliza, armoniza y cura, al captar del cosmos energías que entregan a la tierra. Los seres de la Naturaleza no son inferiores, sino que, son diferentes. Alguien que se deje llevar por la mente racional dirá: “¡Eso es mentira, los humanos estamos por encima de los animales y las plantas, somos más evolucionados!”. Ideas, creencias, conceptos que sólo han servido para destruir, usar, invadir y dañar.

¿Quién puede sentirse superior a un roble que con sus cientos de años se mantiene con una firmeza que enmudece, pero a la vez, sus ramas se muestran flexibles al paso del viento? ¿O quién puede superar el amor incondicional de un perro que nos recibe con alegría, nos acompaña y entrega su vida para hacer más feliz la nuestra? ¿O la belleza de una flor, con sus variados colores ,aromas y perfumes? O ¿el canto melodioso de las aves que forman una sinfonía maravillosa en medio del bosque?

Mucho de lo que hoy sabemos de la Madre Tierra lo heredamos de nuestros ancestros y de las diferentes culturas. Los Esenios, los Celtas, los pueblos americanos precolombinos, las tribus africanas, los habitantes de las islas del Pacífico, los pueblos australianos, los griegos, egipcios etc.; cada una de estas culturas nos han dejado un legado valiosísimo por descubrir. Todos contactaron con Gaia, con su espíritu y trataron de vivir en armonía con ella. Descubrieron el poder del reino mineral: Los cristales, el agua, la tierra. Admiraron el universo que compone el reino vegetal: Los árboles, las plantas, los frutos y respetaron la conciencia del mundo animal, sus leyes, su diversidad.

Debemos retomar esa conciencia perdida, al reconocer a la naturaleza en su realidad espiritual, abriendo nuestro corazón, descubriendo la verdadera identidad de los seres que habitamos y formamos parte de Gaia, reconociendo que todo en la Naturaleza habita en el tiempo cósmico, conectados a la vida, a la abundancia infinita de Dios. “…Los lirios no tejen, ni tienen graneros, y nunca les falta
la lluvia del cielo…”, decía el Gran Maestro Jesús. Es ese estado de gracia que debemos aprender a lograr de los seres de la Naturaleza. Así comienza nuestra comunicación con la Madre Naturaleza, a partir del silencio interior, siendo imprescindible para la manifestación sutil de estos seres, dirigirnos directamente al corazón de la Madre Gaia para expresarle nuestra gratitud y amor incondicional, situándonos internamente en un estado de inocencia, viviendo el presente.

Es muy bello percibir a Dios en los animales, las plantas, los árboles, sintiendo que son como nosotros, pero vestidos de otro ropaje, adornados con otras cualidades, asimilando otras cosas de la misma vida. Aprendamos de nuestros hermanos mayores, los miembros de las tribus, como los Xius y Dakotas en Norte América, que con sus rituales involucran unas danzas sagradas alrededor del fuego, e invocan a la Madre Naturaleza entonando la siguiente estrofa: “…Caminaré en belleza, caminaré en paz. Todo es mi familia. Todo es sagrado,
Campos y animales, Todo es sagrado, Montañas selva y mar, Todo es mi familia…” Cuando salgamos al campo, pidamos permiso a los elementales del lugar para poder ingresar a su entorno. Caminemos en silencio entre árboles, plantas y animales, sintamos como si estuviéramos entre una multitud que nos mira, nos observa. Sólo el acto de reconocer su existencia le da a estos seres un impulso positivo que nos conecta con su energía. Podemos saludarlos, sentir su aura en contacto con la nuestra e irradiar nuestra presencia.

Campos y animales, Todo es sagrado, Montañas selva y mar, Todo es mi familia…” Cuando salgamos al campo, pidamos permiso a los elementales del lugar para poder ingresar a su entorno. Caminemos en silencio entre árboles, plantas y animales, sintamos como si estuviéramos entre una multitud que nos mira, nos observa. Sólo el acto de reconocer su existencia le da a estos seres un impulso positivo que nos conecta con su energía. Podemos saludarlos, sentir su aura en contacto con la nuestra e irradiar nuestra presencia.

Abracemos un árbol, descansemos bajo su sombra y reconozcamos su belleza como parte de nuestro trabajo de acercamiento con la naturaleza, desde el corazón. Estemos atentos a los pensamientos o sentimientos percibidos bajo un árbol, pueden formar parte de un mensaje enviado por ellos.

Observemos detenidamente una planta, una flor, o un árbol y envolvámonos con su Ser, en un silencio total por unos minutos, siendo la llave de la nueva conexión con estos hermanos de la naturaleza.

Meditemos en un entorno natural, dejémonos nutrir por los elementos sutiles que allí habitan, y luego, expresemos nuestra gratitud, puede ser también un camino de reconexión.

Sembremos, plantemos, generemos vida a nuestro alrededor, dejemos que Dios se manifieste en nosotros y reconozcamos que somos parte de la Madre Gaia, que a ella le debemos nuestro más preciado y profundo amor por todo lo que nos nutre y nos brinda, llenándonos de amor, paz, salud, energía y vitalidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.